Occidentalismo. Javier Botella

En primer lugar, pese a lo que sugiere en principio tal nombre, es necesario aclarar lo que el término “occidentalismo” significa en la obra de Buruma y Margalit, y por extensión, en este ensayo. En 1978, el académico y activista palestino Edward Said, público su obra “Orientalismo”, en la cual describe y denuncia la visión y los prejuicios de los occidentales con respecto a oriente. De un modo análogo, Buruma y Margalit denominan occidentalismo a la “imagen deshumanizadora de Occidente que pintan sus detractores”. Así pues, lo que denominaremos occidentalismo, y a lo que se refiere el mismo título del libro, corresponde al concepto que comúnmente llamaríamos “anti-occidentalismo”.

 Javier Botella

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Una vez definido el término que nos ocupa, es evidente que el análisis que supone tal ejercicio de empatía abarca mucho más que el problema islámico, tan actual en estos momentos. El occidentalismo se focaliza en diferentes puntos del mundo y desde distintas realidades, ya que hay multitud de estereotipos occidentales que han rechazado y atacado diferentes grupos a lo largo de la historia más reciente, grupos que se sitúan tanto en oriente como en Occidente: ¿qué ideas y motivaciones se encuentran en movimientos como Al Qaeda, o en el anticapitalismo y la antiglobalización de las distintas variedades de fascismo y nacionalsocialismo?

Desde un marco histórico, quizá podríamos remontarnos a las Guerras Médicas o posteriormente a todos los enfrentamientos entre el cristianismo y el Islam, con todo lo que ello supuso. Los entonces partidarios de la guerra santa luchaban contra enemigos cuya cultura y religión despreciaban, pero quedaría muy incompleto explicar que los actuales partidarios de la Jihad Islámica están motivados tan solo por una diferencia de credo religioso.  No obstante si nos queremos acercar a lo que Occidente supone para sus detractores, debemos situarnos al final del siglo XVIII, con el romanticismo alemán. Tal movimiento se concibe como reacción a la Ilustración, el Neoclasicismo y el racionalismo de ambas corrientes, dando mayor primacía al sentimiento; además, favorece la tendencia nacionalista de cada país. Así como en gran parte de los países europeos esta tendencia solo afectó a la literatura y el arte, en Alemania tuvo fuertes implicaciones políticas y sociales, que originaron alianzas para destruir el materialismo hegemónico. Tal oposición a lo moderno y a lo acuñado bajo el término de ciencia, es, como veremos, muy similar a las diferentes corrientes occidentalistas en el mundo. Así pues, es evidente, como señalan los autores del libro, que uno de los orígenes últimos del occidentalismo tal como hoy se concibe se halla en el propio Occidente.

 

En esta misma línea destaca desde el siglo XIX el enfrentamiento continuo entre la ideología eslavófila y la occidentalizante en Rusia. Para los eslavófilos muchos de sus dirigentes habían sido unos traidores hacia el alma rusa precisamente por abrazar la mentalidad artificial, mecánica y arrogante de Occidente. Los grandes contribuyentes a la eslavofilia son los hermanos Pedro Kireyevski (1808-1856) y principalmente Iván Kireyevski (1806-1856), hijos de un padre ilustrado y una madre romántica. Inspirado por el filósofo alemán Friedrich Wilhelm Schelling (1775–1854), Ivan Kireyevski proyecta a la mentalidad rusa como el paradigma no occidental, la cual se encuentra guiada por la fe, mientras Occidente está perjudicado por el racionalismo y la razón. Donde un occidental identifica lo razonable con lo prudente, lo estable y la previsión; Kireyevski, así como otros occidentalistas no rusos, lo identifica con falta de voluntad, con una intelectualidad que tiende hacia a la mediocridad, temiendo los extremos. En cuanto al racionalismo, el debate es si cabe aun mayor, siendo tal creencia un estandarte para Occidente, y una imprudencia y vicio para los occidentalistas.

Dejando de lado la discrepancia ideológica, en la que luego nos centraremos, podemos seguir la línea histórica de occidentalismo desde distintas partes del mundo. Entre los enemigos de los Aliados en la II Guerra Mundial hallamos dos fuentes principales de occidentalismo, con raíces que ya sonaban en los argumentos de los románticos o de los eslavófilos: se trata del fascismo y del shintoismo de estado. Traducido en naciones hablaríamos de las potencias de Japón y Alemania, las cuales hoy incluiríamos en una lista junto a Estados Unidos, Inglaterra, Bélgica, Francia… bajo el nombre de Occidente, pero que en su día fueron fuente de occidentalismo, de la cual hoy beben otros, como de la Rusia eslavófila y los románticos que ya hemos comentado.

 

El shintoismo es, principalmente, una religión naturalista cuyas divinidades representan al sol, a los huracanes…y que pese a tener similitudes con las divinidades de Roma o Grecia es un tipo de religión extinguida en el mundo occidental. En 1868, con la llegada del Japón moderno, el shintoismo fue declarada religión del Estado, hallando en la figura del emperador la de general del ejército, Papa de la religión (estatal) e hijo de la diosa Sol. A alturas de la II Guerra Mundial el pueblo de Japón se consideraba una nación divina y la enseñanza del intelectual y nacionalista Norinaga Motoori (1730 – 1801) predominaba: “No preguntes nada, sólo sométete a la providencia divina”. Esta mentalidad, aplicada a la guerra, no sólo parecía efectiva sino que estaba extendida entre los soldados japoneses, especialmente entre los kamikazes (palabra que significa “viento divino”). Así entonaban tales soldados antes de partir a sus misiones:

En el mar, cadáveres henchidos de agua
En el monte, esos cadáveres sobre los cuales crece la hierba,
Pero mi deseo de morir junto a nuestro emperador no flaquea,
No he de volver la vista atrás.

Así mismo, uno de los proverbios que expresan la filosofía implícita de los suicidas rezaba: “El valor de la vida frente al cumplimiento del deber tiene el peso de una pluma”. Analizando esta ideología en relación a Occidente, vemos por lo menos dos puntos primordiales de análisis: en primer lugar la negación de los deseos individuales y de la validez de la autonomía individual, junto a la supremacía de la nación; frente al liberalismo, laicismo y la supremacía del individuo que se considera propia de Occidente. Y en segundo lugar el culto a la muerte, lo cual, tal como se concibe en este caso y en otros occidentalistas, es extraño y absurdo para Occidente. Añadimos pues estas diferencias a la lista que luego analizaremos de puntos ideológicos donde radica el sentimiento occidentalista.

Volviendo a los enemigos de los aliados en la II Guerra Mundial, corresponde ahora el análisis de los fascismos, tomando el caso de la Alemania de Hitler como paradigma. Al igual que los islamistas de ahora, la Alemania nazi estaba en guerra contra Occidente. Alemania calificaba a los estados liberales y democráticos como artificiales, híbridos en cuanto a la raza, racionalistas y materialistas (consideraciones en las cuales los judíos estaban como caso ejemplar). El fascismo se opone a la democracia liberal, exaltando a la nación frente al individuo, para lo cual precisa de la argumentación acerca de la nación pura.

Aunque el fascismo europeo y el nacionalismo japonés comparten características similares, su origen es marcadamente diferente. El fascismo tal y como se extendió por Europa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial carecía de referentes ideológicos, culturales y religiosos milenarios específicos como los de Japón y su caldo de cultivo es la crisis económica y política que vivieron los estados perdedores en la Primera Guerra Mundial. Alemania en sí era un estado joven, derivado de la fusión de varios estados. Muy contrariamente al repetido mito, Hitler no ascendió al poder democráticamente sino que utilizó los mecanismos de la democracia y la debilidad del sistema político alemán, para establecer alianzas beneficiosas y excluir a las fuerzas políticas no deseadas. El nacional socialismo se convirtió en una alternativa política que más tarde abrazó referentes ideológicos y culturales externos (la raza aria, originaria de la India, la svástica, que en realidad era un símbolo hindú) para separarse de los referentes europeos tradicionales, aunque en realidad gran parte de la esencia de la filosofía occidental se apoya en referentes germánicos.

Un documento clave en la guerra de Alemania contra Occidente está escrito en el segundo año de la Primera Guerra Mundial, y es un ejemplo primordial de occidentalismo: se titula Händler und Helden (“Mercaderes y héroes”) y es obra de un eminente especialista de ciencias sociales, Wernert Sombart. Según este autor, “libertad, igualdad y fraternidad” son los ideales del mercader, ideales en dirección a dar ventajas particulares a los individuos. El mercader típico, afirma, tiene interés tan sólo por lo que se le puede ofrecer en términos de bienes materiales y comodidad física, representa una mentalidad burguesa que Sombart designa bajo la voz “Komfortismus”. Esta es una actitud pasiva y con tendencia al confort, propia de los “locos por el dinero”, que precisa de paz y seguridad. Es, pues, opuesta a la cualidad occidentalista que ve virtud por ejemplo en “el frenesí que proporciona la proximidad a la muerte”.

Acercándonos progresivamente a la actualidad, vemos que la dinámica de las relaciones entre Oriente y Occidente ha sufrido además transformaciones bruscas en las últimas décadas, pasando de la dinámica de la guerra fría y el enfrentamiento entre bloques político-económicos a una agudización de las contradicciones agravada por los fanatismos religiosos (integrismo islámico).

Cabe señalar que paradójicamente, el auge del integrismo islámico (hoy por hoy una de las piedras angulares del conflicto) es fruto en parte de los esfuerzos de las antiguas potencias neocoloniales occidentales por controlar determinadas zonas estratégicas, frente al supuesto riesgo de revoluciones marxistas de corte pro soviético. (Al Qaeda  tiene sus orígenes en los esfuerzos norteamericanos por expulsar a las tropas soviéticas de Afganistán).

 Mohammed Mossadegh

Otro caso de similares consecuencias es el de Irán. En 1951, el Dr. Mohammed Mossadegh fue electo democráticamente primer ministro en esa nación. Mossadegh era un nacionalista laico, arquitecto de la nacionalización de los recursos petroleros de Irán, explotados por la compañía británica BP y contaba con un amplio apoyo popular. El gobierno británico temiendo la pérdida de dichos recursos y la inclinación de Irán hacia el bloque soviético buscó apoyo norteamericano. Finalmente la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) perpetró un golpe de estado que derrocó a Mossadegh e instauró en el poder al Shah Mohammad Reza Pahlavi, cuya sangrienta dictadura llevó al país a la revolución islámica de 1979, en la que se agudizaron los sentimientos antioccidentales y antinorteamericanos.

En ambos estados la política de imposición de Occidente provocó situaciones de efecto boomerang que a la larga resultaron en un empeoramiento de las relaciones e influyeron en la visión que se tiene de la cultura occidental. Ambos estados constituyen hoy puntas de lanza en el conflicto Oriente-Occidente. No obstante, es necesario señalar que la magnitud del origen occidental de las ideas anti-occidentales es más evidente en el caso de Rusia o Japón que en el caso del islamismo radical, donde los factores propiamente islámicos son más representativos.

Lo expuesto anteriormente apunta a que el conflicto entre ambos bloques es dinámico y la visión de Occidente en Oriente depende directamente de las acciones emprendidas por las potencias occidentales en momentos críticos.

Tras esta observación histórica, podemos concretar, en resumen, que el occidentalismo tal como lo estamos analizando es un conjunto de distintos sentimientos y valores, la mayoría de los cuales a continuación exponemos. No son imprescindibles en su totalidad para la definición, pero sí representativos al tratar de comprender y “acreditar” a tales detractores de occidente.

Occidentalismo es anticapitalismo, antiglobalización, reproche a la adoración de lo material, hostilidad hacia la burguesía, hacia la gran Ciudad y el gran mercado que representa occidente. Exaltación del héroe que se inmola por su nación y su honor, en oposición al Komfortismus individualista y material burgués. Es también una lucha por la fe, frente a la amenaza de la apostasía y el ateismo, y en este sentido supone un rechazo a la secularización de los estados y todo lo que supone separación de la autoridad religiosa y poder político.

Corresponde al desprestigio de la ciencia y la fe en esta misma, que viene dada por la mentalidad occidental de considerar la razón superior. Denigración hacia el anti-heroísmo, sinónimo de corrupto, decadente, mediocre, materialista y débil, propio de la democracia liberal en el cual los conflictos se resuelven tan solo por la negociación y el compromiso de las partes. Reproche a la adoración hacia la materia y desprecio hacia la verdadera religión.

 

Dos buenos ejemplos de la descripción que forma este conjunto de sentimientos lo encontramos en el activista egipcio de la Hermandad Musulmana Sayyid Qutb, y desde otro aspecto en la toma de Kabul por parte de los talibanes en 1996.

Sayyid Qutb, uno de los principales ideólogos del activismo islámico sunní moderno, viajó a Nueva York, Washington y Greeley (Colorado) en 1958,  al regresar a Egipto publicó sus impresiones bajo el nombre de La América que he visto. En sus entregas Qutb califica a la sociedad en la cual ha estado de materialista, depravada, consumista y mecanicista. De la circunstancia de ser hospitalizado, y obviamente atendido por enfermeras, concluyó apoyándose también en otras experiencias similares que el Occidente materialista se aprovechaba de los encantos de las mujeres, colocándolas en trabajos de hombres y favoreciendo la destrucción de la familia al impedirles cumplir con su papel de transmisoras de los valores fundamentales. Así mismo, su experiencia en torno a la figura de la mujer y la sexualidad le bastaban para afirmar en su obra Señales de Ruta que “semejante civilización es atrasada desde el punto de vista humano”.

Al igual que occidentalismo hay, evidentemente, por parte de países no occidentales hacia países occidentales, caso al cual correspondería especialmente la toma de contacto de Sayyid Qutb a la cual nos hemos referido; también hemos comentado a lo largo del ensayo que existe occidentalismo desde y hacia países no occidentales (siendo este caso en muchas ocasiones más importantes para los detractores de Occidente). El siguiente ejemplo que nos permite ampliar  la perspectiva de los acusadores es, como hemos dicho, el ataque de los talibanes contra Kabul.

Tras una encarnizada guerra civil, los talibanes tomaron la capital Afgana en 1996, bajo el mando del líder espiritual el Mullah Mohammed Omar. En primer lugar, es significativo que después de matar y torturar de un modo atroz al presidente izquierdista Najibulá, lo colgaron con los bolsillos repletos de dinero y con cigarrillos entre los dedos partidos. En segundo lugar, en la transformación de Kabul en una Ciudad de Dios, todo reflejo de decadencia occidental fue eliminado: se les prohibió a las mujeres trabajar y aparecer en público, llevar ropa de moda, ceñida o seductora; llevar el cabello al estilo americano o británico,  se prohibió la televisión, la música, el ajedrez y el fútbol. El adulterio sería castigado con la lapidación y beber alcohol con la flagelación. La única ley vigente fue la Sharia, la cual maldecía a las mujeres tal y como hemos descrito.

Por otra parte la sociedad occidental no ha tenido éxito al integrar en su conjunto a exponentes de otras culturas y civilizaciones. Aunque se pueden mencionar ejemplos que demuestran dicha integración, ésta solo ocurre de manera superficial, ya sea porque las políticas tienen una perspectiva miope y unilateral o porque no profundizan en el fenómeno. Los recientes ejemplos de las revueltas en Francia, los múltiples conflictos entre comunidades musulmanas y autóctonas en Europa, y los actos terroristas perpetrados en Londres por descendientes de familias árabes acomodadas, demuestran que la tolerancia cultural y religiosa no garantizan una integración si la dinámica de las relaciones con las naciones de origen continúa siendo agresiva y discriminatoria.

 

Tolerancia significa que se acepta algo con lo que no se está de acuerdo, no que se promueve la igualdad y la integración. Dichas contradicciones aumentan la distorsión de una visión de occidente que ya está viciada desde un principio por la propia naturaleza de explotación a la que han sido sometidas las culturas y naciones no occidentales.

Es interesante señalar que una dinámica similar opera en las relaciones norte-sur, incluso cuando los referentes socio-culturales, políticos y religiosos se acercan más al modelo occidental. Tómese el ejemplo de ibero América frente a los Estados Unidos, o del África no musulmana con respecto a Europa.

Tras lo expuesto, podemos concluir que faltan matices por parte de las explicaciones del occidentalismo (sin que dejen de ser muy relevantes) que trazan un esquema acción-situación-reacción, donde la acción es el pasado y presente imperialismo occidental, la situación el hambre y la pobreza, y la reacción, como mínimo, el occidentalismo.



Quant a vicentflor

Vicent Flor nasqué l'any 1971 a València, ciutat on hi hi viu. És llicenciat en Ciències Polítiques i Sociologia i també en Antropologia Social i Cultural per la UNED i doctor en Sociologia per la Universitat de València. Des de 2000 és professor de Sociologia de la Universitat de València i professor tutor de la UNED.
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