Reflexionando sobre “La sociedad multiétnica”. Martín Riera

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Adoptar este tipo de políticas supone volver a un estado legal anterior, caracterizado por el arbitrio y unas desiguales relaciones de poder. En opinión del autor, los tres pilares sobre los que se sustenta el estado liberal, garantizan una efectiva igualdad en la resolución de conflictos entre ciudadanos, pues sólo sometiéndose y cediendo la libertad individual a un bien superior, la ley, puede librarse el individuo del yugo y tiranía de su opresor. Es decir, sólo el establecimiento de leyes generales, dictadas por un estado neutro y ejecutadas por un burócrata que se debe a su cargo, puede garantizar la igualdad y liberta de los ciudadanos. De esta manera, el establecimiento de leyes o políticas diferenciadas suponen un mecanismo que entorpece e impide la pretendida igualdad por la que abogan los multiculturalistas. Sartori sin embargo, conviene en considerar que los tratos desiguales que violan el principio de generalidad de la ley, puede ser aceptables cuando se persiguen resultados iguales. Sin embargo tal afirmación, que no deja de ser una valoración y como tal arbitraria, cae en una enorme contradicción, aunque sólo sea a nivel discursivo; no debieran considerarse excepciones cuando se aboga tajantemente por la unidad y la uniformidad. Por otro lado, el autor alude a elementos y principios de un estado liberal obsoleto, diseñado para salvaguardar la propiedad privada de la creciente burguesía del siglo XVIII, que niega la existencia de desiguales relaciones de poder en la esfera privada y contempla diferencias entre los ciudadanos, en función de sus posesiones; por todo ello, surgen reticencias al considerar el estado liberal como “ideal” de organización social.

Todo lo anterior nos lleva a considerar un aspecto fundamental que conecta al individuo con el Estado; el concepto de ciudadanía y sus derechos derivados. Sartori conviene en aclarar que la actual crisis de la ciudadanía no proviene propiamente de la crisis del Estado-Nación, sino de su estructura liberal constitucional, es decir, de la naturaleza de las leyes que dotan a los ciudadanos de tales derechos. Unos derechos que denotan el estatus del ciudadano y que tradicionalmente han quedado divididos en derechos políticos, civiles y sociales; los cuales se contraponen a los derechos universales del hombre –de base iusnaturalista – Con ello, la condición fundante de la ciudadanía que instituye el “ciudadano libre” es la igualdad inclusividad, es decir, que los derechos sean extensibles a todos los individuos, y no privilegio de unos cuantos, y por ende, parafraseando a Dahrendorf, «los derechos de ciudadanía son la esencia de la sociedad abierta» (por la que aboga Sartori). Tras esta breve consideración, resulta cuanto menos extraño, que el autor mantenga la convicción de que no se debe conceder la ciudadanía a los inmigrantes, pues además de fraccionarla, podrían acabar imponiendo su cultura sobre la nacional o propia. Y afirmo que resulta sorprendente, dado que el mismo autor reconoce la necesidad de que lo derechos sean universales para garantizar una efectiva igualdad, y puesto que admite la importancia de éstos en la construcción y configuración del estatus del inmigrante, pues determinan con ello su posición social y jurídico-política dentro de la estructura social. En síntesis, la negación de los derechos políticos pone en peligro los derechos sociales, provoca irremediablemente que los inmigrantes se vean como diferentes, se desengañen de las promesas de igualdad de oportunidades de la meritocracia occidental, y a menudo desembocan en actitudes de rechazo que impiden la integración en la sociedad de acogida. Por otro lado, parece acertado suponer, que aún en el mejor de los casos la asimilación de los valores de la sociedad de acogida por parte de los recién llegados resulte utópica, por cuanto representa la dificultad de “resocializar” a un individuo en una etapa ya adulta. Sin embargo, cabe esperar en pro de una buena convivencia y una buena sociedad, que éstos toleren los valores y reglas por los que esa sociedad se rige, de acuerdo al presupuesto de un amplio consenso social, y que sus descendientes los interioricen, sin olvidar sus raíces o las creencias de sus progenitores, las compatibilice y enriquezcan. Las políticas de inmigración puestas en marcha en Europa, de corte multicultural, segregan espacial y socialmente a este colectivo y lo condenan a la estigmatización, generando un imaginario repleto de estereotipos y mitos que marcan las relaciones de éstos con los autóctonos, quienes ven en los visitantes una amenaza para su identidad y en el acceso a los recursos. En consecuencia, se generan tensiones y situaciones de conflicto que se manifiestan en actos xenófobos y reivindicativos.

Si se debe o no conceder la ciudadanía a los inmigrantes, que lejos de alimentar el mito del retorno deciden establecerse de manera permanente en el país de acogida, es una cuestión que no vamos a dilucidar en este momento, ya que éste es un debate sujeto a valoraciones que exceden las pretensiones de esta reflexión, pero no puede quedar duda alguna que una discriminación y limitación de los derechos no puede sino generar ciudadanos de primera y segunda clase, ciudadanos diferentes y desiguales, y por tanto, sociedades cerradas, segmentadas y estratificadas que hacen difícil la relación y cohesión de la comunidad. En este punto, es donde conviene retomar el concepto de elasticidad por el cual el autor apuesta desde el principio. Si un aumento de la diversidad y la integración de “otros” en la comunidad comportan una desintegración de sus valores y maneras de hacer, se debe pues plantear el límite que puede soportar antes de que se rompa la cohesión social que es imprescindible para su funcionamiento.

Por último, Sartori establece una división entre extranjeros e inmigrantes, que si bien puede resultar acertada y justificada, conviene matizar. Parece convincente que no todas las diferencias culturales adquieren la misma importancia para quienes conviven con ellas, y que en consecuencia, unas son más toleradas que otras; y en contraposición, unas generan más rechazo que otras. Así mismo, resulta fácilmente observable que las diferencias de lengua y costumbres son extrañezas superables, mientras que las diferencias religiosas y étnicas producen extrañezas radicales. Es decir, las dos últimas se presentan conflictivas, en cuanto que condicionan la manera de entender el mundo y de habitarlo, pudiendo entrar en confrontación las diferentes creencias, mientras que las primeras no son percibidas como una amenaza para la identidad del grupo. En entonces cuando de una manera sutil, Sartori da un salto y establece una diferencia entre inmigrantes del mundo afroárabe, y extranjeros de otros lugares, sin considerar otros aspectos como la precariedad que padecen en el lugar de acogida, que dificulta su adaptación e integración. En efecto, y en contra de lo postulado por Sartori, la hostilidad que deja entrever el autor entre afroárabes y europeos, no se debe únicamente a las diferencias religiosas, sino también y sobretodo a su situación socioeconómica que los margina y aísla. Se puede de hecho asentir, que el aumento de inmigración procedente de África no ha venido determinada por la situación de pobreza extrema de este continente, sino por la precarización del trabajo acontecida en Europa, y que ha abierto la posibilidad de que esta mano de obra descualificada pueda acceder a los trabajos con peores condiciones laborales y exentas de prestigio social. Aún con todo ello, el número de inmigrantes africanos es notablemente inferior al procedente de otros lugares – que sí comparten religión y raza –, con lo que resulta cuanto menos injusto y sospechoso, atribuir los conflictos a raíz del aumento de la diversidad.

En síntesis, de lo que se trata es de averiguar a qué está dispuesta a ceder la población autóctona, asumiendo que un aumento de la inmigración, que por sus características se presenta necesitada, redundará en una limitación de sus recursos económicos, sociales e institucionales, sin olvidar que la manera en que se integren en la sociedad de acogida dependerá precisamente de los recursos que se pongan a su disposición para su integración en la comunidad, y por ende redundará en una mayor o menor percepción de amenaza de la identidad del grupo.



Quant a vicentflor

Vicent Flor nasqué l'any 1971 a València, ciutat on hi hi viu. És llicenciat en Ciències Polítiques i Sociologia i també en Antropologia Social i Cultural per la UNED i doctor en Sociologia per la Universitat de València. Des de 2000 és professor de Sociologia de la Universitat de València i professor tutor de la UNED.
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